Por: Ph. D. Richard Solórzano
Investigador en microbiología agrícola

 

Hay días en que el mundo se vuelve pequeño. De pronto, las tensiones en Irán escalan, un gasoducto en el Perú —el mismo que alimenta nuestras industrias— sufre un accidente, y como si todo respondiera a una lógica absurda, las tiendas de fertilizantes cierran sus puertas. No venden. Guardan la urea.

Esperan que el precio suba, claro. O esperan, con resignación, el desabastecimiento que ya muchos anticipan.

Y uno, que viene de estas tierras liberteñas donde don César Vallejo escribió aquello de «hay ganas de no tener ganas», conoce bien esa mezcla de impotencia y extrañeza ante lo que ocurre. Mientras el mundo se enreda en guerras y tuberías rotas, uno quisiera que hubiera una salida clara, una solución al alcance de la mano. Y la ironía —o la suerte— es que sí la hay. En el suelo que pisamos, en la ciencia que hemos desarrollado para entenderlo y en los microorganismos que han estado siempre ahí, esperando que los miremos con otros ojos como ha hecho ya Brasil en su momento.

La paradoja del nitrógeno atmosférico

Resulta paradójico que nos angustiemos por la urea cuando el 78% del aire que respiramos es nitrógeno molecular (N₂). La limitación, como sabemos, es que las plantas no pueden fijar este nitrógeno por sí mismas. Requieren intermediarios biológicos.

Las bacterias del género Azospirillum constituyen uno de esos intermediarios con mayor respaldo científico. Diversos estudios —incluyendo varios desarrollados en campos peruanos— han demostrado que la inoculación con cepas nativas de Azospirillum brasilense puede fijar entre 20 y 40 kg de nitrógeno por hectárea por ciclo, dependiendo de las condiciones edáficas y del manejo. En la práctica, esto se traduce en una reducción del 20% al 30% en la aplicación de fertilizantes nitrogenados sintéticos, sin pérdidas significativas de rendimiento.

No es una sustitución total, ciertamente. Pero en contextos de restricción de oferta —como el que hoy enfrentamos—, cada kilogramo de nitrógeno que podemos obtener del aire cuenta.

Solubilización de fósforo y movilización de potasio: lo que el suelo guarda

El problema, sin embargo, no es únicamente el nitrógeno. Los suelos agrícolas peruanos suelen contener cantidades considerables a veces de fósforo y potasio, pero en formas no disponibles para los cultivos. El fósforo se fija como fosfato de calcio o de hierro; el potasio queda atrapado en estructuras de silicatos.

Aquí es donde intervienen los microorganismos solubilizadores. Los géneros Bacillus (como B. subtilis y B. megaterium) y Pseudomonas (como P. fluorescens y P. putida) producen ácidos orgánicos —glucónico, cítrico, láctico— que quelatan los cationes asociados al fósforo, liberando fosfato soluble. Simultáneamente, secretan exopolisacáridos y ácidos que movilizan el potasio de las micas y feldespatos.

La evidencia experimental muestra que la aplicación combinada de estos tres géneros —AzospirillumBacillus y Pseudomonas— puede mantener la productividad de los cultivos con reducciones del 25% al 30% en la fertilización NPK convencional. Los mecanismos son complementarios y, lo que es más importante, funcionales en una amplia gama de condiciones agroecológicas.

El sustrato indispensable: materia orgánica y dinámica del carbono

Es necesario, sin embargo, ser rigurosos: estos consorcios microbianos no operan en el vacío. Requieren materia orgánica como sustrato energético. El carbono orgánico del suelo es el combustible que permite a las bacterias fijar nitrógeno y solubilizar nutrientes.

Cuando las fuentes tradicionales de materia orgánica —compost, humus, estiércoles— son escasas o costosas, los abonos verdes constituyen una alternativa técnicamente sólida. Las coberturas vivas con leguminosas no solo protegen el suelo de la erosión, sino que aportan biomasa rica en nitrógeno y, al ser incorporadas, dinamizan el ciclo del carbono, estimulando la actividad microbiana autóctona e inoculada. La producción de azúcares en etapas tempranas por sus raíces permite sostener la vida microbiana o los inoculantes aplicados y estos a su vez formar agregados en el suelo que mejoran su salud.

Reflexión final

No se trata de abandonar la fertilización mineral. Se trata de optimizarla. La coyuntura actual —con sus gasoductos rotos y sus tensiones geopolíticas— nos recuerda la fragilidad de las cadenas de suministro de insumos importados. También nos invita, creo, a reconsiderar lo que tenemos localmente.

Los microorganismos del suelo no son una solución mágica. Son una herramienta más, respaldada por investigación creciente y por experiencias de campo que vale la pena conocer y evaluar en cada realidad productiva.